
El ‘mundo sin armas nucleares’ de Japón: ¿un mero eslogan?
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Ser parte de la alianza nuclear y víctima a la vez: el dilema de las armas atómicas
En agosto de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial se acercaba a su fin, Estados Unidos atacó Hiroshima y Nagasaki con bombas atómicas. A día de hoy, Estados Unidos sigue siendo el único país que ha utilizado armas nucleares en tiempos de guerra, y Japón el único que ha sufrido un ataque de este tipo. Pronto hará 80 años de aquello; ahora Japón y Estados Unidos son aliados, orgullosos de sus fuertes vínculos, y se autodefinen como “la piedra angular de la paz, la seguridad y la prosperidad en la región Indo-Pacífica y más allá” (declaración conjunta del 7 de febrero de la cumbre EE. UU.-Japón). Esta relación está respaldada a su vez por en el “compromiso inquebrantable de Estados Unidos con la defensa de Japón, poniendo a disposición todas sus capacidades, incluidas las armas nucleares” (ibid.).
Desde la Guerra Fría y bajo los llamados tres principios antinucleares, Japón viene asegurando tanto a nivel nacional como internacional que no poseerá armas nucleares, algo que la mayoría de sus ciudadanos apoya. A su vez, por otro lado, la política de seguridad de Japón depende fundamentalmente de la disuasión nuclear ampliada (el llamado “paraguas nuclear”) que proporciona Estados Unidos a través de la alianza Japón-Estados Unidos. Dicho de otro modo: la alianza entre Estados Unidos y Japón es, en esencia, una alianza nuclear.
Sin embargo, dada su identidad como único país que ha sufrido ataques con bombas nucleares en tiempos de guerra, esta situación plantea inevitablemente un dilema para Japón. Una muestra paradigmática de este dilema es su relación con el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), en vigor desde 2021, que pide la prohibición total del desarrollo, el ensayo, y la posesión de armas nucleares, así como su uso y la amenaza de su uso.
El Gobierno de Japón teme enviar un “mensaje equivocado”
El TPAN hace de Hiroshima y Nagasaki uno de sus puntos de partida, mencionando en su preámbulo a los supervivientes de la bomba atómica como recordatorio de la intolerable inhumanidad que suponen las armas nucleares. Pese a esto, el Gobierno japonés no ha ratificado ni firmado el texto, alegando que aunque es “un tratado importante que puede ofrecer una salida hacia un mundo sin armas nucleares”, ningún Estado que posee estas armas se ha adherido a él y tampoco existe ninguna hoja de ruta hacia esa posible salida. Así, en la tercera reunión de los Estados signatarios del TPAN celebrada en la sede de la ONU en Nueva York del 3 al 7 de marzo, el Gobierno japonés optó de nuevo por no enviar observadores, a pesar de que los Estados no miembros tienen permiso para hacerlo. Esta decisión ha suscitado duras críticas por parte de la sociedad civil; entre otros, las de Nihon Hidankyō, premiada con el Premio Nobel de la Paz el año pasado, cuyo representante Tanaka Terumi calificó la ausencia de Japón como “vergonzosa y decepcionante”.
Para el Gobierno de Japón es el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y no el TPAN el que actúa como “piedra angular del régimen internacional de desarme y no proliferación nuclear”. En una rueda de prensa del 18 de febrero, el ministro de Asuntos Exteriores Iwaya Takeshi señaló la grave división existente entre los Estados que poseen armas nucleares, con las que defienden su función de disuasión, y los que no las tienen, están en contra de su función disuasoria y piden su prohibición completa. Según afirmó Iwaya, si Japón, que “como único país víctima de bombas atómicas tiene una gran influencia en el campo del desarme nuclear”, se mostrara favorable al TPAN aun como simple observador, eso “podría dificultar la obtención de un apoyo amplio” a las iniciativas que se han venido promoviendo en colaboración con los bandos enfrentados en el ámbito del TNP. Ahora bien, la afirmación de que no es apropiado que Japón participe en el TPAN como observador, “precisamente porque aspiramos seriamente a un mundo sin armas nucleares”, no deja de sonar a una sobrevaloración de la influencia de Japón y su estatus de víctima nuclear.
En lo que a la causa real se refiere, la otra razón citada por el ministro de Asuntos Exteriores Iwaya seguramente haya desempeñado un papel mayor. Iwaya afirmó que “la disuasión nuclear es imprescindible para proteger la vida y los bienes de nuestra población, así como la independencia y la paz del país”, y señaló que el TPAN es “incompatible con esa disuasión”. Aclaró así que la participación de Japón como observador “transmitiría un mensaje erróneo sobre nuestra política de disuasión nuclear y podría acabar obstaculizando la garantía de nuestra propia paz y seguridad”. En resumen: la disuasión nuclear ampliada no es posible bajo el TPAN, ya que no solo prohíbe de manera integral las armas nucleares, sino también su uso, la amenaza de su uso e incluso que países terceros ofrezcan asistencia para dicho uso. A esto se le añade la lógica de que, dado que Japón se beneficia del paraguas que ofrece Estados Unidos, no estaría en posición de decirle a este que no use armas nucleares llegado un momento de emergencia.
El efecto de las normativas antinucleares
Dentro de las normativas antinucleares —es decir, las normas que parten del rechazo a este tipo de armas— hay varios tipos de normas inferiores. La más representativa es el llamado “tabú nuclear”, que se basa en la idea de que las armas nucleares nunca deben ni pueden utilizarse. Los académicos difieren sobre si esta norma es lo suficientemente vinculante como para calificarla efectivamente de tabú, pero coinciden ampliamente en la idea de que existe cierto rechazo normativo al uso de armas nucleares, lo que ha contribuido a que estas no se hayan usado en guerras desde Hiroshima y Nagasaki.
En la sociedad japonesa existe un consenso generalizado de que no debe volverse a dar una situación en la que se usen las armas nucleares. Así lo demuestra el lema No More Hiroshima, o el “no permitiremos que se repita este error” que reza la inscripción del Cenotafio de las Víctimas de la Bomba Atómica, en el Parque Conmemorativo de la Paz de Hiroshima. Está claro por lo tanto que el Gobierno no está en posición de glorificar el uso de armas nucleares. Sin embargo, esto no es más que una aceptación del efecto constitutivo de la norma como simple convención que define una identidad.
Otra faceta de las normas es su efecto regulador, que restringe el comportamiento del Estado e implica algún tipo de sanción para quienes las infringen. Lo cierto es que, en lo que se refiere a la norma sobre el no uso de armas nucleares, el Gobierno japonés ha dudado en darle un efecto regulador claro, manteniendo siempre ciertas reservas. Como ejemplo están las resoluciones sobre el desarme nuclear que cada año presentan varios países a la Asamblea General de las Naciones Unidas: siempre que estas incluyen la idea de prohibir el uso de las armas nucleares, Japón se abstiene o incluso vota en contra, con la única excepción de 1961, cuando se propuso una resolución de ese tipo por primera vez. La investigación del autor apunta a que este cambio de actitud a partir de 1962 se debe a la presión de Estados Unidos.
Al fin y al cabo, el TPAN no solo prohíbe el uso de armas nucleares, sino también sus ensayos e incluso el despliegue o apoyo a los sistemas de armas nucleares de otros países. De este modo, pretende dar un fuerte efecto regulador a las normas antinucleares en su conjunto bajo la forma de derecho internacional. Así, el distanciamiento del Gobierno de Japón en este aspecto es consistente con su postura desde la Guerra Fría hasta el presente, y deja entrever una posición en la que es imposible ignorar la presencia de Estados Unidos.
¿Qué puede hacer el único país que ha sufrido un bombardeo atómico?
Cabe preguntar entonces: ¿le molestaría a Estados Unidos que Japón participara como observador en la reunión del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares? Escribí este artículo en Nueva York antes de que comenzara dicha reunión, la cual fui a observar; una semana antes visité Washington, donde pude intercambiar opiniones con exfuncionarios del Gobierno estadounidense y expertos en cuestiones de desarme y no proliferación. Todos coincidieron en lo mismo: “A nadie en Washington le interesa siquiera que se esté celebrando esa reunión”.
Por supuesto, las personas con las que hablé esta vez, al ser del campo del desarme, tienen una posición y opinión muy diferente a la del presidente Trump, quien no tiene reparos en tirar por los suelos las normas internacionales a favor de su “America primero”. Con un Trump que percibe todo a través de la lente de los gustos personales y de las ganancias en las relaciones comerciales, tiene su lógica que desde un punto de vista diplomático se decida evitar una postura que pueda ser interpretada como desagradecimiento hacia Estados Unidos.
Dicho todo esto, el fondo de la cuestión no es si asistir o no a la reunión. Con un Trump así, ¿podemos realmente confiar en un “paraguas” bajo su Gobierno? Y en este mundo cada vez más inestable, ¿qué puede hacer el único país que ha sufrido bombardeos atómicos para evitar que se vuelvan a utilizar las armas nucleares? No hay respuestas fáciles. Sin embargo, mientras no reflexionemos sobre ello seriamente, ese “mundo sin armas nucleares” que proclama Japón acabará siendo poco menos que un eslogan vacío.
(Artículo traducido al español del original en japonés. Imagen del encabezado: Hamasumi Jirō, representante de Nihon Hidankyō, aparece en pantalla —derecha— hablando en la tercera reunión de los Estados signatarios del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, el 3 de marzo de 2025 en la Sede de las Naciones Unidas en Nueva York - Kyōdō News.)
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