
[Diapositivas] Un tesoro paisajístico: los arrozales en terraza de Japón
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Un paisaje japonés en peligro de extinción
Los arrozales en terraza, también conocidos como “las pirámides japonesas”, son el producto de la sangre y el sudor de los agricultores de las zonas de montaña. La visión de su espectacular panorama infunde un profundo respeto por el esfuerzo que le dedicaron los agricultores que los fueron construyendo desde el medievo japonés.
Los arrozales en terraza, estrechos y empinados, van quedando abandonados.
El entorno que aloja estos arrozales empezó a cambiar radicalmente a partir de la década de los cincuenta, cuando la mecanización de la agricultura introdujo avances como las plantadoras de arroz y los cultivadores rotativos, y la difusión de fertilizantes químicos y pesticidas permitió aumentar la producción. Como su estructura hacía difícil utilizar la nueva maquinaria de grandes dimensiones, los arrozales en terraza empezaron a considerarse inadecuados para el cultivo y se fueron abandonando. El envejecimiento de la población agrícola y la falta de sucesores aceleraron el proceso. Los hermosos arrozales que antaño abundaban por todo el país empezaron a desaparecer a marchas forzadas y a perder interés para los japoneses.
Decidí fotografiar los arrozales para dejar testimonio de una realidad en proceso de desaparición. Y, en los más de diez años que he dedicado a captar estos paisajes, me he dado cuenta de que los arrozales en terraza constituyen sistemas productivos de gran vitalidad que también sirven para conectar a las personas con la naturaleza.
El amor por los arrozales
La primera experiencia que despertó mi interés por los arrozales en terraza fue el festival Dondoyaki de Matsunoyama, en la ciudad de Tōkamachi de la prefectura de Niigata. Durante el Koshōgatsu de mediados de enero, se apilan montañas de paja en los arrozales y se les prende fuego como ofrenda de Año Nuevo para los dioses del campo. En este acontecimiento los habitantes de la zona se reúnen alrededor del fuego para beber sake y rezar por la cosecha del año que empieza.
Rezando por una cosecha abundante en el festival Dondoyaki
Al tratarse de una región de abundantes nevadas, cuando asistí a mi primer Dondoyaki los campos se encontraban cubiertos por varios metros de nieve, y los copos bailaban zarandeados por un viento fuerte que helaba hasta los huesos. La mayoría de los congregados eran personas mayores, pero estaban llenas de vitalidad y se reían animadamente. Aunque faltaban meses para empezar el trabajo en el campo, y a pesar del frío, todos habían acudido a presentar sus respetos a los dioses. No es precisamente algo que se esté dispuesto a hacer si se odia trabajar en el campo.
El trabajo en el campo empieza al principio de la primavera con la preparación de los plantones de arroz. Las semillas se seleccionan, se esterilizan y se sumergen en agua tibia para que germinen. Al mismo tiempo, en el campo se levanta la tierra, se arreglan los bordes, y los arrozales se inundan y se nivelan. Luego se plantan las semillas que germinaban en los semilleros. Desde el plantado hasta la cosecha en otoño, los agricultores salen al campo todos los días sin falta para realizar tareas como quitar las malas hierbas, despejar la vegetación de los márgenes y controlar el agua.
La mayoría de los agricultores son de edad avanzada, pero no lo consideran un trabajo especialmente pesado.
Como la mayor parte del trabajo en los arrozales en terraza es manual, se dice que requiere hasta cinco veces más tiempo que en los arrozales de terreno llano. Y no solo es tiempo lo que se derrocha, ya que son tareas muy pesadas que suponen un gran desgaste físico para los ancianos agricultores.
Sin embargo, si se observa a los agricultores trabajar con ahínco en el campo parece que lo disfruten de verdad. Un agricultor que se jubiló para que su hijo se encargase del campo sigue yendo a trabajar todos los días. Aunque se queja de lo duro que es, su hijo me chiva en voz baja: “Si no trabajase en el campo, no se sentiría vivo”.
Redescubrir el valor de los arrozales
Afortunadamente en estos últimos años los japoneses han empezado a descubrir nuevos valores en los arrozales en terraza. No son solo terrenos para producir arroz. También evitan los desprendimientos y los aludes gracias a la acumulación del agua de lluvia, conservan el entorno natural y la biodiversidad, y mantienen la belleza paisajística del país; un abanico de funciones cuyo valor excede el de la mera productividad.
Los arrozales son ecosistemas con una gran variedad de especies.
Esa variedad funcional es lo que ha dado impulso a los movimientos para conservar los arrozales en terraza. Mientras que el Gobierno subvenciona su conservación, el sector privado concentra sus esfuerzos en la aplicación de medidas como el sistema de propiedad de los arrozales, el sistema para intensificar la participación ciudadana y las campañas para difundir su belleza paisajística como reclamo para el turismo.
Después de haber conocido a las personas que trabajan en ellos, creo de todo corazón que, aunque se vayan haciendo más escasos, los arrozales en terraza no se extinguirán.
Matsuura, prefectura de Nagasaki, mayo
Genkai, prefectura de Saga, mayo
Ōtsu, prefectura de Shiga, abril
Iki, prefectura de Nagasaki, mayo
Jōetsu, prefectura de Niigata, mayo
Yame, prefectura de Fukuoka, junio
Tōkamachi, prefectura de Niigata, junio
Matsuura, prefectura de Nagasaki, junio
Shimanto, prefectura de Kōchi, julio
Tōkamachi, prefectura de Niigata, agosto
Shika, prefectura de Ishikawa, agosto
Ōkura, prefectura de Yamagata, agosto
Minamishimabara, prefectura de Nagasaki, septiembre
Yame, prefectura de Fukuoka, septiembre
Yame, prefectura de Fukuoka, septiembre
Tōkamachi, prefectura de Niigata, septiembre
Minamikyūshū, prefectura de Kagoshima, septiembre
Ukiha, prefectura de Fukuoka, septiembre
Kusu, prefectura de Ōita, septiembre
Takachiho, prefectura de Miyazaki, octubre
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