Consejos para afrontar las dificultades de la vida

Cuando no sabemos qué queremos en la vida

Sociedad

Izumiya Kanji [Perfil]

Cada vez hay más personas que no saben qué quieren hacer con su vida o qué es lo que realmente les gusta. En este artículo les presentamos el consejo de un psiquiatra que trata a diario con pacientes que se hallan ante este tipo de dudas.

Las preocupaciones “apáticas” se multiplican

En estos últimos años está creciendo de forma exponencial el número de personas que no saben qué quieren hacer con su vida o cómo quieren ser en el futuro. Si se les pregunta qué les gusta y qué no les gusta, estas personas suelen admitir que no lo tienen claro porque tampoco se lo han planteado en profundidad.

Hasta hace veinte o treinta años, la gente tenía preocupaciones que entrañaban cierta pasión, basadas principalmente en la frustración de no obtener lo que anhelaban, como el deseo de ser comprendidos por sus padres, la sensación de inferioridad al no alcanzar ciertas metas o el deseo de obtener el reconocimiento de los demás. De un tiempo a esta parte, sin embargo, veo proliferar un tipo de preocupaciones mucho más “apáticas”. Cabe preguntarse qué es lo que ha provocado tal cambio.

Las personas que se plantean ese nuevo tipo de dudas comparten ciertos factores en su trayectoria vital: se criaron con unos padres muy involucrados en su educación que les llenaron la agenda de actividades extraescolares y academias preparatorias, y luego se limitaron a seguir por el camino que se les había marcado. Cuando se enfrentan a la elección de una vía académica o una profesión, o a algún otro obstáculo, es cuando, por primera vez en la vida, se percatan de su falta de motivación. Son como una carretilla sin motor que se mueve solo por inercia y se encalla con la primera piedra que encuentra en el camino.

El fin de la motivación voraz

Podríamos afirmar que las preocupaciones “intensas” que abundaban antaño eran el producto de una época en que el motor de la gente era una motivación voraz. Dicha motivación fue nuestra principal fuerza motora desde los albores de la humanidad hasta hace muy poco. Las personas solían poner todo su empeño en lograr una vida más segura, más cómoda y más abundante, y poco a poco lo fueron consiguiendo. Esa motivación, además, iba acompañada de preocupaciones candentes.

No obstante, en los últimos años el devenir de la humanidad se ha topado con una nueva situación. Con la llegada de la era del bienestar y la saciedad, especialmente en los países industrializados, empezó a desarrollarse rápidamente una sociedad altamente informatizada. El cambio nos ha aportado comodidad y bienestar pero, paradójicamente, nos ha condenado a una situación de estancamiento y pérdida de objetivos vitales. En esta era que no propicia una motivación ávida, las preocupaciones de las personas han virado paulatinamente hacia la cuestión existencial de la pérdida del sentido de la vida. Eso es lo que yace tras el fenómeno del “enfriamiento” de las preocupaciones humanas.

Un camino marcado desde la cuna

Los padres de hoy, que crecieron en la época de la motivación ávida, siguen rigiéndose por el sistema de valores con el que se criaron; muchos se dedican en cuerpo y alma a la educación precoz de sus hijos, con la intención de asegurarles un futuro de éxito social y económico.

Abundan por doquier los centros de educación prescolar y academias preparatorias, y la mayoría de los niños tiene una agenda diaria tan apretada que haría sombra a la de un ejecutivo. Hasta en los días de descanso se les programan visitas a instalaciones que les organizan el ocio. Los pequeños de hoy día no tienen tiempo libre de verdad.

Los niños han de tener tiempo sin planificar para que el aburrimiento los lleve a buscar formas de entretenerse y estimule su curiosidad. Arrebatarles ese tiempo los convierte en seres pasivos. Facilitarles herramientas “útiles” para matar el tiempo, como los videojuegos y los teléfonos inteligentes, solo contribuye a sofocar su iniciativa.

Privados de espacio para evaluar qué quieren hacer y qué no, atosigados por los estudios y las actividades, y rodeados de herramientas artificiales, los niños no escuchan su voz interior. Tampoco pueden rebelarse contra aquello a lo que sus padres les obligan “por su bien”. Así, no solo dejan de expresar sus preferencias, sino que las descartan y desestiman su propia voluntad. Cuando, de mayores, se ven en la tesitura de elegir una vía académica o una profesión, se preguntan a sí mismos qué les gusta y qué quieren hacer, y se quedan atónitos al no hallar respuesta alguna. Sufren un estado de castración psicológica.

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Izumiya KanjiOtros artículos de este autor

Psiquiatra y compositor. Graduado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Tōhoku. Ha trabajado en el Hospital Seiwa. En 1999 se traslada a Francia para estudiar en la École Normale de Musique de París. Tras trabajar un tiempo como asesor educativo en la Escuela Japonesa de París, regresa a Japón. En 2005 abre en Tokio la Clínica Izumiya, especializada en tratamiento psiquiátrico. Ha publicado varios libros, entre los cuales se encuentran ‘Futsū ga ii’ toiu yamai (El mal de querer ser normal) y Shigoto nanka ikigai ni suru na (No hagas del trabajo tu razón para vivir).

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